Por Malena Regunaga
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Por Malena Regunaga
Pedir que por favor apaguen sus teléfonos para disfrutar una obra es un acto impúdico en los tiempos que corren. El teatro está en jaque, como todo, sucumbe a la vorágine de la rutina. Un signo que define que una obra vale la pena es cuando crees que le debes plata al artista. Y en estos tiempos en dónde solo lo material importa, es gratificante saber que hay experiencias que no tienen precio.
¿Cuál es el objetivo del teatro? Producir, generar impacto, robarte una carcajada, hacerte hablar, arrebatarte una lágrima e incluso hacerte pasar vergüenza. Construir una historia que te convence de lo que no es, ser parte de algo ficticio. El teatro es una excusa para hablar de aquello que se esquiva. Generar complicidad no es fácil.
Hilada finamente que parece un haiku, La Enamorada, escrita por Santiago Loza, cautivó desde el primer momento a la docente y directora teatral Alicia Durán, que después de mucho tiempo le acercó el texto a Gabriela Ocampo para que lo interpretase. Motivo de extensas reuniones entre ambas de insistir e insistir, sin embargo, fue el último proyecto que Alicia encaró antes de elegir morir. Gabriela Ocampo afirmó en diálogo con EP: "Empecé a ir todas las semanas a su casa, le hice buscar el texto y yo le leía, me decía aprendete la primera página, fueron casi 8 meses".
Durante la despedida de Alicia, hace casi ya dos años, Gabriela le comentó a un íntimo amigo de la directora, Blas Arrese Igor, que su amiga se fue de este plano con una obra inconclusa. Y éste ya sea por inercia, intuición, instinto o impulso le prometió a Ocampo dirigirla sin importarle de qué trataba el material. Lo único que le interesó fue que la obra había sido un refugio para su amiga en tiempos difíciles, además de ser la última obra que la cautivó.
Un año más tarde, ambos retomaron el proyecto con un equipo conformado por allegados e íntimos amigos de Alicia, son: Cristina Pineda en escenografía, vestuario e ilustración, Elisa D’Agustini en diseño y realización de tiara, Vanina Borda en realización de vestuario, Daniel Gismondi en la producción y Santiago Arrese Igor en la asistencia general.
El preludio del domingo y las ramas de los tilos se mueven como brazos anunciando que se viene el aguacero. Cruzando el diagonal, dos amigas se abrazan en la puerta del Teatro Abierto de La Plata. Se dan un beso, se halagan sus ropas y encuentran a su otro par, ahora son cuatro e intercambian anécdotas de la última vez que compartieron algo juntas. De un auto estacionado en la vereda de enfrente, bajan un hombre de boina y una mujer que combina su labial con su blusa, ninguna decisión es aleatoria. Cruzan la calle agarrados del brazo, él oficia de bastón para que ella suba un pie al cordón y así se arma un grupo robusto de personas que corroboran si en las pantallas de sus teléfonos ya marcan las ocho y media de la noche.
La espera está perfumada de señoras que huelen tal cual a los jazmines de la cuadra y una bocanada de tabaco puro que sale del interior de un tipo canoso y transpirado la vuelve deliciosamente amarga. Tintinean pulseras, los caños de escape parecen ronronear, y algún que otro pájaro desorientado canta aunque ya son las ocho y media de la noche. Desde la puerta una joven de camisa y moño invita al público a entrar.
Se abre una puerta que solo los espectadores decidimos cuando cerrarla y es que tiene que ver con nuestras crianzas. Un sube y baja emocional. El relato en primera persona de una mujer que nos acerca a su historia personal, una joven que fue criada por la opresión del que dirán. Para decir que un guión es bueno es porque te convence, te la crees. El espacio fue más recorrido que dúplex barato en alquiler. Pero no vengo a contarte el final de la película, solo estate atenta a la próxima función porque por este año ya terminó.