"Yo puse las canciones en tu walkman, el tiempo a mí me puso en otro lado". La frase no es una postal nostálgica. Es la constatación de que algo se perdió. Ya casi no hay lugar para el gesto humano de compartir una canción, ni para una creación despojada del rendimiento algorítmico. Ya no somos quienes elegimos qué suena en nuestros auriculares, ni en los de los demás. Son los algoritmos los que ponen canciones, imágenes, videos y consumos en nuestros ojos y oídos.
Bajo la ilusión de la "customización" (personalización extrema), nos convertimos en destinatarios de un marketing segmentado, diseñado quirúrgicamente para capturar nuestra atención. Luego, un tiempo que parece evocar al eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Nunca consumimos tanto, nunca recordamos tan poco aquello que consumimos hace semanas o meses.
Ya no hay escucha detenida. No hay espera. No hay suspenso. La inmediatez lo devora todo. El gesto mínimo de regalar una canción se ha vuelto obsoleto. Ahora las plataformas “sugieren” lo que podríamos querer, anticipándose incluso a nuestro deseo. Vivimos colonizados por playlists algorítmicas que suplantan la sorpresa por la estadística. Nos hacen creer que elegimos, cuando en realidad apenas confirmamos lo que ya saben de nosotros. A su vez, el algoritmo adquiere un sesgo de confirmación. El círculo funciona así: escucho “x”, me propone consumos parecidos a “x”, confirma que me gusta “x”, así hasta que “x” coloniza nuestro tiempo. Se torna difícil escapar del laberinto de “nosotros mismos” (¿nosotros mismos?).
Algunos venimos de allí. De un tiempo donde todavía se podía esperar. Donde había margen para la pausa, para el asombro, para lo imprevisible. Recuerdo todavía tener que esperar el horario de mis dibujos animados preferidos. Hoy el algoritmo nos sugiere, nos anticipa, nos prescribe. Vivimos en una máquina de optimización permanente. Todo debe ser más rápido e inmediato, más eficiente, más performativo. Hasta el deseo está programado. Lo espontáneo se convierte en anomalía; lo impredecible, en amenaza.
La contemplación ha muerto. No hay espacio para ella en una cultura que premia la hiperactividad, el multitasking, la rentabilidad emocional. El tiempo está parcelado, vendido, transformado en métrica. El cuerpo, exigido. El alma, ausente. Nos movemos por el mandato de la productividad, no por la curiosidad. El mundo interior se apaga al ritmo de la eficiencia. Al final del día, cuando el cansancio irrumpe y solo queremos nuestros 10 gramos de dopamina, el algoritmo nos sugiere qué ver, cómo verlo, una anestesia que acrecienta nuestra soledad (la máquina me conoce, sabe qué necesito, en ella delego y me devuelve la dosis justa de opio en forma de bits).
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¿Cuándo fue la última vez que hicimos nada? Nada, literalmente. Sentarnos a mirar por la ventana. Caminar sin GPS. Escuchar una canción sin hacer otra cosa. No lo recordamos porque esa huella se fue desvaneciendo. El tiempo improductivo es, para el capitalismo de plataformas, un escándalo, aunque se encarga de ofrecerte scroll vacío que consume lo mejor que tenés, tu tiempo. ¿Cómo pasé dos horas mirando TikTok? La contemplación se ha vuelto una excentricidad. Sin contemplación no hay reflexión. Sin reflexión no hay abismo, no hay encuentro, no hay creatividad ni proyecto. Es todo alimento balanceado de deseo y consumación orgásmica.
Tampoco es sólo una cuestión de velocidad. Es una cuestión de sentido. La tecnología ha reemplazado al azar. Supongo que los directores de cine que producen para plataformas ya no deben tener el vértigo de saber si funciona o no. Hay análisis de mercadotecnia que nos invitan a constatar que determinados contenidos funcionan en determinados clústeres. Lo que antes era ritual, hoy es predicción. No hay lugar para la fe, para el salto, para la aventura de no saber. El misterio se ve como una falla del sistema. La espera, como “tiempo muerto”. La poesía, como ruido. El error, como ineficiencia.
El dataísmo, como nueva religión, nos promete una vida sin sobresaltos. Nos ofrece el alivio de la estadística, la certeza del algoritmo, la seguridad del perfilado. Nos quita el peso de decidir. Pero también nos arranca el derecho a equivocarnos, o a encontrarnos en el desvío. El derecho a perdernos. El derecho a experimentar que estuvimos dos horas en un cine mirando una cagada. El derecho a cambiar de opinión. A conocer lo distinto. A conocernos reflexivamente. ¿Por qué delego en mi Spotify la definición de quién soy?
Así, nos domesticamos. Nos volvemos predecibles. Operamos en base a patrones. El yo se achica. La experiencia se degrada. Vivimos en piloto automático, sin margen para el milagro de lo inesperado. La aventura de vivir se convierte en un cálculo de riesgo, o en un juego de correlaciones. La felicidad se ha vuelto el microsegundo en que abrimos el paquete de Mercado Libre, el famoso “ unboxing” que nos proponen en tantos reels, o la presión de teclas y activación de perillas de un producto nuevo que nos venden como momento de placer. Lamentablemente, esos espacios se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos y allí quedamos, con el paquete, con las teclas, con los plásticos y sin nosotros.
La contemplación no es vagancia. Es el espacio donde ocurre lo extraordinario. Es el lugar donde la existencia se pregunta por sí misma. Donde el tiempo se ensancha. Donde el mundo vuelve a ser extraño. Y por eso, habitable. En el acto de contemplar se suspende el juicio, se dilata el presente, se abren ventanas a lo inédito.
Defender la contemplación es, hoy, un acto político. Es resistir al mandato de la eficiencia. Es reclamar el derecho a perder el tiempo. Es reencantar lo cotidiano. Es desacelerar para volver a mirar. Para volver a escuchar. Para volver a tocar. Y, sobre todo, para volver a preguntar. Porque donde hay preguntas, todavía hay humanidad.
Necesitamos reaprender la pausa. Reconectar con el espesor de lo real. Recuperar el misterio. Entender que no todo es medible, que no todo debe ser útil, que no todo puede saberse de antemano. Que hay belleza en la bruma. Que hay verdad en el titubeo. Que hay humanidad en la espera. Y que en esa espera puede nacer otra forma de estar juntos.
No queremos vivir como dispositivos. No queremos que nuestra memoria sea apenas una función de almacenamiento. Queremos volver a encontrar sentido en lo que no sirve para nada porque allí se reafirma nuestra humanidad. Yo puse las canciones en tu walkman. No sabía si te iban a gustar. Pero quería que me conocieras. Un acto sin métricas, sin big data, sin cookies, pero con el entusiasmo de saber que allí podría comenzar la mejor o la peor historia, y que en todo caso eso merece ser vivido. Una apuesta sin garantías, como toda forma auténtica de encuentro.
El tiempo a mí me puso en otro lado. Pero todavía escribo. Todavía espero. Todavía contemplo. Porque sólo desde ahí, desde esa trinchera invisible, es posible volver a inventar lo humano. Porque en ese intersticio —donde se suspende el cálculo y se permite la duda— renace el derecho a lo inesperado. Y con él, la posibilidad de volver a vivir con los ojos bien abiertos.
Por Jerónimo Guerrero Iraola | Abogado.