La dinámica propia de plataformas nos situó en un mero presente. Somos deseo infinito. Somos consumo infinito. En la palma de nuestras manos. El on demand se hizo carne en mí. Quiero, quiero, quiero. Me aburre, me hace esperar. Ese mero presente en el que flotamos suspende la temporalidad. El pasado nos embola y el futuro no sé, vivamos “el ahora”.
Los reels y TikTok nos invitan a desear más, o a encontrar las explicaciones ya, rápido, sin contexto. Esta nota, de aproximadamente 7.000 caracteres, presenta un desafío. Una secuencia. Un tiempo que nos separa del vértigo. Por eso, si llegaste al segundo párrafo, te invito a un viaje corto, a una reflexión. ¿Vamos?
Primera parada: bucear en una idea amplia de soberanía
Supongamos que logramos sacarnos la escafandra de puro presente. Que volvemos, por un instante, a pensar en nuestros proyectos. Los individuales y colectivos. Quiero hacer tal cosa, me veo desarrollando tal otra, en unos años me gustaría estar en ese lugar. Eso es un ejercicio prospectivo que demanda algo elemental: planificación. Sin planificación, el futuro es puro devenir, y no creo que consideremos deseable que alguien tome decisiones por nosotros.
Aparece, entonces, una primera dimensión. Para trasladarnos de un punto a otro, necesitamos opciones. Las llamaremos desarrollo de capacidades. Si quiero ser profesional, necesitaré una buena educación de base, disponible, igualitaria, y luego la posibilidad de cursar estudios superiores. Si deseo ser futbolista, es imprescindible contar con una red de clubes que me permitan formarme, gestar las habilidades necesarias, entre otros requisitos clave.
Es cierto que, en todo desarrollo, hay un componente de azar (para no llamarlo suerte), pero también lo es que todo tiende siempre al promedio. Si contamos con múltiples opciones a la hora de tomar decisiones, es altamente probable que podamos consumar nuestros proyectos. Demandará más o menos tiempo, el proceso se ajustará más o menos a nuestra planificación; y el resultado estará más o menos ajustado a lo que imaginamos, pero es claro que, en la mayoría de los casos, nos moveremos dentro de un espectro esperable. Más fácil: un poquito arriba o un poquito debajo de lo que pensamos.
Contar con esas opciones y poder tomar decisiones es parte de un ejercicio de libertad. Como la idea de libertad está malversada (hay quienes nos sugieren que uno es libre de morirse de hambre o de contaminar un río —¡y hasta llegan a ser presidentes!—), llamaremos a este complejo sistema de opciones-decisiones soberanía. Ser soberano es, entonces, poder desarrollar capacidades, optar entre alternativas y así intentar cumplir con los objetivos que nos propongamos.
Tenemos, entonces, un primer bosquejo de una noción posible de soberanía. La hemos definido desde una aproximación subjetiva. Es simple aprehenderla si la miramos a través del prisma de nuestras vidas. Soy soberano, en definitiva, si puedo ser artífice de mi historia. Ahora viene el segundo paso. Esa caracterización hay que pensarla colectivamente. Nadie se realiza en una sociedad que no se realiza. Nadie puede solo, y no existe relato del héroe que no tenga un contexto detrás que permita ese desarrollo singular.
Soberanía: memoria, presente y futuro
Es momento de la traslación. Un Estado es soberano, siguiendo la línea propuesta, si puede desarrollar capacidades y elegir entre opciones en base a un proyecto. El gran problema argentino, en habiendo atravesado el primer cuarto del siglo XXI, es que ha irrumpido un proyecto político, que ejerce el poder, cuyo programa de gobierno está orientado a atar de pies y manos a la República Argentina frente a los desafíos del presente (lo que impacta en toda posibilidad de diseñar un futuro).
Este mero presente en el que flotamos parece haber impactado en nuestra capacidad de pensarnos en ejes temporales. Eso, y muchas frustraciones producto de malos gobiernos (tampoco pensemos que son solo las plataformas…). Lo cierto es que estamos atrofiados. No sabemos, no queremos o no podemos pensar un mundo con una Argentina en otro lugar. Muy pocos somos los que nos animamos a considerar a nuestro país liderando el proceso de transición global dentro de 50 años. ¡Claro! 50 años es una bocha y a mí me gusta pedir la hamburguesa y que me llegue en 10 minutos, o mirar una historia en la que me ofrecen 3 remeras y comprar desde mi billetera virtual. ¡Mirá que voy a renunciar al mero presente por apostar a algo mejor!
¿Qué posibilidades tenemos frente a un proyecto hoy vigente que nos ofrece —parecería— comprar más todavía, con menos restricciones? ¿Cuál es esa otra Argentina? Todas preguntas que nos plantean desafíos. El desafío de ser mejores. La imaginación al poder. Si la alternativa al modelo actual, de neocolonialismo, es el retorno a una experiencia agotada, no hay presente ni futuro sobre el que instalar un proyecto diferente. Por eso me gusta partir de la idea de soberanía. Creo, sinceramente, que la soberanía es el vector que nos puede permitir diseñar un país mejor.
¿Y entonces? Entonces necesito aquello que delineamos como soberanía. Capacidades y opciones. ¿Para llegar a dónde? Bien, vamos paso a paso. Definamos el dónde y veamos los cómo, los qué, los con quiénes y los para qué. El mundo al que vamos (por el que estamos transitando) está en transición a la cuarta revolución industrial. Un mundo que demandará agua potable, minerales, metales estratégicos, energía y alimentos. Todo eso en enormes cantidades.
Argentina, nuestro país, tiene todo, absolutamente todo lo que el mundo demandará. Nuestro país, bicontinental, oceánico, tiene toda la potencialidad para construir un modelo de desarrollo. El tema es que, como vimos, para que ello suceda se requiere gestar capacidades, y poder elegir entre varias opciones. Si vendemos barata la tierra, los recursos, si generamos regímenes jurídicos que nos impiden tener decisión sobre el rumbo o destino de algunos procesos, seremos colonia. Por eso intentan tanto aniquilar nuestra autoestima. Es como el vendedor de autos que, cuando le llevás a cotizar el tuyo, te mira y te dice: “Yyyy, como está este auto no te puedo dar lo que vale, cambió el mercado y ya no se buscan tanto autos azules, justo este modelo bajó un montón”.
Así venimos, con tasadores de países que nos dicen que somos un país con nada de futuro y que nos conformemos con que vengan a instalarse para explotar el litio, Vaca Muerta, el paso bioceánico del sur, nuestros alimentos, el cobre, y en breve será la Antártida (guarden este artículo). En medio de eso, intentan vender la Patagonia, nos endeudan a cientos de años (mientras se fugan dinero que no se traduce, obvio, en represas, en puentes, en energía atómica, en escuelas, en carreteras…), ofrecen con moño nuestras Malvinas, regalan nuestras empresas estratégicas, dinamitan el sistema científico-tecnológico, entre otras tragedias.
En nombre de la libertad, en Argentina se están forjando nuestras cadenas. No hay libertad sin soberanía. No hay proyecto de país sin capacidades y opciones, sin opciones y capacidades para emprenderlas. Sin ciencia que nos diga cómo mejorar la exploración y explotación de nuestros recursos, sin patentes que permitan que lo pensado en Argentina genere ingresos, sin escuelas, universidades, sin clubes, sin arte, sin un cine que nos cuente como pueblo y nos permita forjar nuestra identidad, sin el orgullo de ser y sabernos argentinos, nacidos en el mejor país del planeta, no hay futuro posible. Todo será mero presente, mirar el dólar flotar entre bandas y preguntarnos cuánto más tendremos que trabajar para comprar esas zapatillas. Hay un futuro ahí afuera, con muchas ganas de ser diseñado y conquistado.
Hay un mundo también, esperando porque se levante a la faz de la Tierra esta nueva y gloriosa Nación. Soberanía es la clave. Seamos soberanos, lo demás no importa nada.
Por Jerónimo Guerrero Iraola | Abogado