Pichón Laginestra: el ladrón que nunca mató y terminó ejecutado
Pichón Laginestra: el ladrón que nunca mató y terminó ejecutado
La historia de Juan José Laginestra, conocido como Pichón Laginestra, resurge en tiempos de inseguridad como un caso atípico dentro del crimen en Argentina. En una época atravesada por robos violentos, su figura destacó por un código propio: nunca matar. Sin embargo, su carrera terminó de forma opuesta a su regla, bajo una lluvia de balas de la Policía bonaerense en el conurbano.
Nacido en 1937 en Santa Fe y criado en la marginalidad de Villa Soldati, dentro de la Ciudad de Buenos Aires, Juan José Laginestra eligió tempranamente el camino del delito. Desde sus primeros robos hasta convertirse en un referente del hampa, construyó una trayectoria basada en la planificación, la inteligencia y la ausencia de violencia directa contra sus víctimas.
Durante los años 60, su nombre empezó a circular con fuerza en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), donde encabezó una serie de robos a bancos y golpes de alto impacto. Su especialidad era entrar, controlar la situación sin disparar y desaparecer sin dejar rastros. Esa metodología lo convirtió en una figura respetada tanto dentro como fuera del mundo delictivo.
Los antecedentes de Pichón Laginestra
Además de los robos, incursionó en secuestros extorsivos con un estilo igual de calculado. Nunca necesitó ejercer violencia física: su capacidad de intimidación y actuación alcanzaba para mantener el control. A la par, sus reiteradas fugas de prisión —incluyendo escapes cinematográficos— reforzaron su fama de delincuente ingenioso e inasible.
Laginestra también desarrolló métodos logísticos innovadores para evadir a la Policía bonaerense, como el uso de un camión cisterna adaptado como escondite móvil tras los golpes. Su banda, conocida como “la aristocracia del hampa”, operaba con precisión y sin ostentación, lo que dificultaba aún más su captura en un contexto de creciente inseguridad.
Su figura trascendió incluso dentro de las cárceles, donde llegó a liderar a otros presos y protagonizar acciones de protesta durante la dictadura. A pesar de su prontuario, mantenía una imagen de “caballero del crimen”, reforzada por su trato respetuoso y su rechazo a la violencia letal.
El final llegó en 1986, en Villa Ballester, cuando fue abatido junto a un cómplice tras un intento de robo. Según versiones de la época, ambos estaban desarmados al momento del enfrentamiento. Así murió Pichón Laginestra: el ladrón que nunca mató, pero que terminó ejecutado en un contexto marcado por la persecución y el desgaste de años de humillar a la Policía bonaerense.
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