Ya está, pero no está nada. Lo dijo Pablo De Blasis, aquel que volvió de Europa con un objetivo y tuvo que embarrar su capa para levantar a los pibes. “No es un festejo, es un desahogo”. Que Gimnasia no merecía, que el no gol de córner, que los partidos ante Barracas y que tal cosa. Gimnasia terminó jugando un desempate y estuvo más que justificado, más allá de esos fallos arbitrales. Porque Gimnasia, lamentablemente y pese a quien le pese, es uno de esos equipos que molesta como todo aquel que no es parte de los Cinco Grandes o que no tiene contacto directo con el cabecilla de AFA.
Me tengo que remontar a los principios del profesionalismo, cuando casi ninguno de los que estamos hoy estaba, cuando no había más pasión alguna que jugar a la pelota. Me voy a aquel el 8 de octubre de 1933, cuando futbolistas de Gimnasia realizaron un acto -jamás antes visto por estas latitudes- completamente distinto a los anteriormente mencionados ¡Una huelga! ¡Una huelga por un pésimo arbitraje! Sentados, con un puñado de medios, algún que otro fotógrafo y ni siquiera videos para rememorar, marcaron un antes y un después. Gimnasia fue el primer afectado del profesionalismo, y también uno de los últimos. Sin embargo, de sentarse en pleno partido hoy toco queda en algún que otro tuit y vaya a saber qué charlaron Tapia, Cowen y Beligoy para que el enojo solo quede en el subconsciente de cada hincha.
Me fui a aquel 1933 y tengo que viajar a 1993-94 para recordar la vez que Gimnasia terminó aprendiendo de las luchas. Sufrió en los 60, porque tenía equipazos pero no supo cómo cerrar la historia; también en los 70, cuando Venturino priorizó lo económico, hacer Estancia Chica y ampliar la sede con el Polideportivo (algo similar a lo de ahora, puede ser). Cuando Gimnasia se concentró solo en lo suyo y fijó un proyecto clarísimo, que pocas veces fue al unísono, logró lo que tantas veces pudo. Y esto no es comparar peleas de títulos con este desempate, es igualar procesos, es la historia de Gimnasia.
Gimnasia, de alguna vez por todas, tiene que sacar fuerzas y experiencia de estos sufrimientos. Más allá de que termina siendo el motor de una pasión inexplicable, como la de cada club, aunque es fácil quizás con títulos por cada década, el hincha se cansó y sentó cabeza. Como aquellos gladiadores del Expreso 1933, quienes nunca hubiesen pensado que a casi 100 años aún serían recordados, y mucho menos que la historia se volvería a repetir.
Porque en las malas, casi sin fondos, encontró en sus Pibes una salvación momentánea. En la búsqueda de respuestas recurrió a ese Madelón de hace 15 años. Porque pese a la bronca del hincha, a la exigencia a la actual y pasada dirigencia, el fanático no bajó los brazos. Porque se desquitó no solo por mantener la categoría, sino por la necesidad de un grito desaforado con todo lo que vivió: tuvo a Maradona, casi baja, pasó pandemia, murió el Diego, peleó torneo, volvió a copas, se le fueron figuras, ganó un clásico con juveniles, se dejó estar, regresó al pantano y con el último suspiro alivió un ciclo que se repite casi cada 10 años. Esto no tiene que ser una mera salvación, esto tiene que remendar los trozos de la buena historia y dejar en claro y justificar el lema: sin dudas, mens sana in corpore sano.
Es que sí, porque si se alimenta de estas historias, seguirá vanagloriando decisiones injustificadas y poniendo piedras en un camino en el que puede volver a tropezarse. Y para construir, hay que planificar. Y para crecer, aprender de esos errores.