Opinión.

La estrella culona, un toro campeón y el futuro del mundo: una cita con nuestro presente

Lo fácil sería dejarlas como anécdotas virales, postales inconexas para el archivo de la curiosidad, pero juntas trazan una línea

12 de agosto de 2025 - 12:00

Hay semanas en las que el país parece hablarnos con metáforas. Tres noticias, en apariencia inconexas, se dieron la mano en estos días para dibujar una postal de lo que somos y de lo que podríamos ser.

La primera fue un fenómeno inesperado: miles de personas siguiendo en vivo, por streaming, la exploración al cañón submarino Mar del Plata que llevaron adelante científicos del CONICET. Una de las postales fue la ya famosa “estrella culona” que, en cuestión de horas, se volvió tendencia. Lo que para la ciencia es parte de su hacer cotidiano, para las redes fue un imán. Humor, fascinación y curiosidad se mezclaron en una conversación viva que duró semanas. En tiempos de scroll infinito y memes efímeros, una transmisión científica logró algo insólito. Se capturó la atención colectiva. Esa estrella, con su cuerpo desplegado en nuestro suelo submarino, mostró que la ciencia argentina todavía tiene la capacidad de provocar asombro masivo.

La segunda noticia vino del campo. Un toro Brangus, fruto de años de trabajo genético y selección rigurosa, fue vendido en una subasta por 272 millones de pesos. Eso, por apenas el 50% de su propiedad. Un récord histórico para la ganadería nacional. Allí estaba, en plena pista, el animal que sintetizaba décadas de conocimiento acumulado, inversión en biotecnología y manejo de precisión. Un símbolo de cómo el valor puede construirse cuando la genética, la ciencia y la producción trabajan en sintonía.

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La tercera llegó desde otro registro, casi futurista. Michio Kaku, físico teórico y divulgador global, habló en un foro sobre finanzas digitales y describió la revolución cuántica que se avecina. Computadoras cuánticas capaces de procesar información a escalas inimaginables, modelar el clima, encontrar curas en segundos, optimizar economías enteras. Un salto de paradigma que, según Kaku, transformará el mundo de las finanzas, la salud y la vida cotidiana.

Tres escenas. Una estrella de mar, un toro, un científico que habla del futuro. Lo fácil sería dejarlas como anécdotas virales, postales inconexas para el archivo de la curiosidad. Pero juntas trazan una línea. Nos gritan en la cara que la ciencia no está en los márgenes, sino en el centro de la producción, de la identidad y del futuro económico. La bioeconomía no es un concepto de laboratorio. Es, por el contrario, una estrategia de desarrollo que ya está ocurriendo, con o sin políticas que la respalden.

La bioeconomía es eso. Usar el conocimiento para transformar recursos biológicos en valor económico, social y ambiental (si llegaste hasta acá y te interesó, no dejes de escuchar “Disrumpir la Vaca”, está en Spotify). El hallazgo del CONICET no se queda en el mar; puede abrir caminos en farmacología, biotecnología, conservación de ecosistemas. El toro no es solo un récord comercial; es una demostración de cómo el mejoramiento genético y la trazabilidad pueden generar productos de altísimo valor agregado. La revolución cuántica no es ciencia ficción: será la herramienta que, en pocos años, potenciará estas capacidades con una precisión y una velocidad hoy impensadas.

La pregunta es si estamos listos para unir esos mundos. Porque ahí está la oportunidad: articular ciencia, producción y prospectiva tecnológica en un proyecto integral. Quienes me conocen, saben que tengo una firme convicción respecto a un lugar que puede y debe encabezar esa articulación. Hablo de nuestra ciudad, La Plata.

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La Plata tiene la masa crítica necesaria y suficiente para ser la capital nacional de la bioeconomía. Universidades, centros de investigación, el CONICET, polos tecnológicos, acceso al sector agroindustrial, conexión con el sistema portuario, cercanía a la capital. Una ciudad capaz de integrar la ciencia con la biotecnología agropecuaria y las tecnologías cuánticas o digitales. Un ecosistema que, si se coordina, puede funcionar como una “Ciudad en Estado Beta”, un laboratorio vivo para ensayar el futuro.

Pero para eso hace falta algo más que entusiasmo. Se requiere un proyecto y políticas públicas sostenidas. Financiamiento estable para ciencia aplicada; incentivos para empresas que innoven en biotecnología; redes de vinculación entre investigadores, productores y emprendedores; marcos regulatorios que faciliten la transferencia tecnológica; y un proyecto educativo que forme talentos listos para trabajar en la frontera del conocimiento.

Si no lo hacemos, seguiremos dependiendo de la casualidad para que una transmisión científica se vuelva viral, y que al entusiasmo por los calamares le suceda el asombro por un artista de La Voz, o lo que sucede en Gran Hermano edición XIV. La casualidad no es una estrategia. Tiene que haber un proyecto que, además, es fácil de contar. Un mito fundante. Algo que enamore e invite a creer que, si nos organizamos, hay un futuro venturoso.

Unir las piezas no es difícil si hay decisión. La estrella culona puede ser la chispa que enciende la curiosidad social por la ciencia. El toro campeón, la prueba de que la genética aplicada y la producción de calidad son rentables. Las predicciones de Kaku, la brújula que nos obliga a pensar en términos de décadas y no de encuestas.

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Si logramos que esas tres noticias puedan alinearse en una política integral, podremos pasar de la anécdota a la política de Estado. De la fascinación aislada a la construcción colectiva. Y entonces, quizá, dentro de unos años, cuando un nuevo hallazgo, un nuevo récord productivo o una nueva tecnología aparezcan, no serán excepciones que celebramos por un rato, sino hitos esperados en una estrategia que ya nos pertenece. “El futuro llegó hace rato”, se acuñó acá entre tilos y diagonales. Hacer que suceda es el gran desafío de nuestro tiempo.

La cita es ahora. Y en esta cita, La Plata debe dejar de ser una ciudad capital meramente administrativa para convertirse en la capital de la bioeconomía. Apuesto en grande: el faro latinoamericano de la bioeconomía. El lugar al que mira el mundo. Una ciudad que deje de pensar en los poco más de 60 kilómetros que nos separan de Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para soñar con autopistas financieras, de conocimiento e innovación con cientos de carriles y sin tránsito vehicular que nos conecten con las principales capitales del mundo. El lugar donde la ciencia, la producción y la imaginación del futuro se abrazan para escribir otro destino. Porque si hay algo que aprendimos de estas últimas semanas es que, cuando se juntan las piezas correctas, hasta una estrella culona puede iluminar el camino.

Por Jerónimo Guerrero Iraola | Abogado

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