Verdad o ficción.

La estafa editorial lleva el nombre de "Eduardo Valfierno" el ladrón de la Mona Lisa

¿Eduardo Valfierno fue el autor del robo de la Mona Lisa en el Museo de Louvre o el personaje de una estafa periodística relatada de manera magistral?

Por Hernán Marty
12 de abril de 2026 - 09:00

Suele atribuisele al autor de "Las aventuras de Huckleberry Finn", el estadounidense Mark Twain, la frase que dice Nunca dejes que la verdad se interponga en el camino de una buena historia” y quizás la vida del encumbrado ladrón Eduardo Valfierno sea el mejor ejemplo.

Para que un hecho sea digno de ser contado, debe tener protagonistas o víctimas con cierta relevancia y aquí los hay. Tiene que suceder en algún lugar digno de visitarse luego y este es el caso. Debe tener personajes secundarios que al menos sean interesantes, y en este ítem, la historia que abordaremos sobresale. Y finalmente debe tener algún indicio de verdad que permita sembrar la duda de la certeza, impidiendo su desacreditación inmediata y aquí la verdad está enmarañada entre mentiras, pero está.

Una historia con todos los condimentos

Retrocedamos entonces mas de un siglo en el tiempo, hasta 1911 y situemonos en la Ciudad Luz, es decir en París, Francia. Allí está el museo de arte más visitado del mundo, el Louvre, y en su interior está la pintura más famosa en todo el planeta, un óleo sobre madera de álamo pintado en el siglo XVI por Leonardo Da Vinci al que se lo conoce como La Gioconda. Y como era de esperarse, el cuadro valuado en ese entonces en 5 millones de dólares, era el objetivo de muchos ladrones.

Hasta allí llegó entonces un argentino de nombre Eduardo, conocido como Marqués de Valfierno, con la intención de planificar y llevar a cabo la sustracción de la Mona Lisa y lo hizo. Pero su autoría no se supo hasta dos décadas más tarde, cuando un periodista estadounidense escribió un artículo, en donde contaba a detalle cómo se llevó adelante el robo de la pintura más ícónica del Louvre.

Fue Karl Decker quien le dio al argentino la gloria del golpe, luego de que éste le contara “la verdadera historia” de la desaparición de la pintura, indignado por la traición de uno de los integrantes de la banda que logró sacarla del museo.

Pero según el periodista, Valfierno puso una condición para que su historia salga a la luz, su propia muerte. Su deceso era lo qu necesitaba el argentino para obtener el reconocimiento que hasta ese momento se le había negado y que ponía a un simple peón, como rey en el tablero del robo.

Valfierno, un ricachón que no quería trabajar

Según algunas publicaciones posteriores a la nota de Decker, la historia de este ladrón comienza a mediados del siglo XIX, cuando nace en el seno de una familia acomodada de la sociedad bonaerense. Tal y como debía ser, se educó en los mejores colegios y vivió hasta la muerte de sus padres, bajo la comodidad que la riqueza de estos le ofrecía.

Pero las cosas cambian cuando hereda la fortuna familiar, ya que no tarda en dilapidarla, y no siendo muy afecto al trabajo, comienza a vender las obras de arte que había en su casa, para no perder ese relajado estilo de vida. Pero éstas, al igual que le dinero heredado, también se acaban.

Enmurillando América

Es en ése el momento en que el argentino pergeña el plan que lo llevaría a la fama y lo encumbraría en el Olimpo de los ladrones, ya que como producto de las ventas de la colección de arte familiar, se percata que sus compradores no indagan sobre la procedencia de los cuadros y esculturas que les ofrecía, y es ahí cuando decide entrar en el mundo de la falsificación y monta junto al pintor francés Yves Chaudron, una empresa en donde empiezan a vender “Murillos”.

Bartolomé Esteban Murillo fue un pintor barroco nacido en Sevilla, que estaba muy de moda entre las clases altas de la sociedad Argentina post colonial y el “marqués” tenía el talento necesario para abordar a las viudas de los hombres más acaudalados de nuestro país, y venderles “originales” que luego las nobles damas donarían a las iglesias.

Según dijo Valfierno a Decker en un café de Casablanca (Marruecos), en algún momento y producto de su trabajo y el de Chaudron, en Argentina había más Murillos que vacas.

Pero ante la saturación de obras del sevillano, fue que tiempo mas tarde decidieron trasladar su movida criminal mas al norte y desembarcaron en México. Pero para ser sinceros, los Murillos no cotizaban tan bien como la obra de Da Vinci, y Chaudron argüía que de tanto copiar siempre al mismo pintor, su estilo se estaba arruinando.

Según indica Decker en el artículo publicado en el Saturday Evening Post el 25 de junio de 1932, el copista galo era extremadamente detallista en su labor, logrando los colores y las pinceladas tan correctamente, que era virtualmente imposible distinguir un trabajo suyo del original y debido a que Valfierno había notado que quienes compraban lo hacían más por vanidad económica que por admiración al arte de un pintor y precisamente esta característica es la que le permitió planificar su obra maestra del latrocinio.

Cruzando el Atlántico

Con este recorrido criminal por América, el estafador y su copista deciden cruzar el océano y dirigirse en 1908 hacia París, donde Chaudron tiene una misión: hacer seis copias rigurosamente exactas de La Gioconda y enviarlas una a una a los Estados Unidos, donde luego serían vendidas, obviamente como originales.

Para esta labor el pintor demora catorce meses, y en todo ese tiempo, el argentino buscó dos cosas, compradores para las falsificaciones y alguien que pueda hacer desaparecer el original del muro del museo, pero sin levantar sospecha.

Para esta última tarea encontró al carpintero italiano Vincenzo Peruggia, quien tiempo antes se había mudado a Francia buscando fortuna, pero que apenas lograba sobrevivir haciendo changas con su oficio. La necesidad del lombardo jugó a favor de la ambición del argentino, que no tardó mucho en convencerlo de cometer el robo.

Durante varias semanas estudiaron el museo y sus movimientos. En sucesivas visitas advirtieron que no era inusual que el cuadro no reposara sobre el clavo que lo sostenía en el muro, debido a que los fotógrafos llevaban el cuadro a otra habitación donde era fotografiado. También era común que los copistas se acomodaran frente a la obra y realizaran su trabajo in situ en el museo.

El secuestro de Mona Lisa

Así, el domingo 20 de agosto de 1911, el carpintero se ocultó en un pequeño depósito de herramientas próximo al Salón Carré, en el que pasó la noche. Al día siguiente, las puertas del Museo permanecieron cerradas al público (como cada lunes) y Peruggia salió de su escondite, descolgó la pintura de la pared y, en la escalera Visconti, la despojó de su escudo vidriado y de su marco sin mayores inconvenientes. Luego abandonó el marco, ocultó la pintura bajo su gabardina blanca (idéntica a la que usaban los trabajadores del museo) y atravesó la salida como un operario más dejando vacío el espacio entre la Boda mística de Santa Catalina de Alejandría (de Correggio) y la Alegoría de Alfonso (de Tiziano Vecellio), las dos pinturas que escoltaban a La Gioconda por aquellos días.

El martes 22 el Museo reabrió para el público, y Louis Béroud, un copista de obras famosas, no encontró la famosa obra queriéndola copiar, por lo que solicitó al guardia que le pidiera al departamento fotográfico que apresurara su labor con la pintura, pero al advertir que la dama florentina no estaba posando para los flashes, el horror recorrió los pasillos del Louvre: la sonrisa de La Gioconda había desaparecido y la noticia corrió por todos los rincones del planeta.

Desapareció La Gioconda

Un vacío muy famoso

Lo notable fue que a partir del robo multitudes acudían al Louvre sólo a ver el espacio vacío donde el retrato de esa mujer del siglo XVI solía estar. En su mayoría los asistentes iban a ver un faltante, en lugar de poner su atención sobre obras destacadas, como la Venus de Milo, Libertad guiando al pueblo, de Delacroix, y La balsa de Medusa, de Gericault. Antes del robo, La Gioconda era una de tantas pinturas famosas dentro de un museo, tras el hurto, se convirtió en un ícono y el Louvre en un lugar de referencia.

A pesar que el hecho tomó dimensión global y de la presión que esto generaba, la policía de Francia no tenía pistas sobre la autoría del robo.

En nuestro país, el matutino La Prensa indicaba que Bertillon, jefe de la sección antropométrica del servicio de seguridad del cuerpo policial, fue el encargado de levantar las huellas digitales del salón donde reposaba la pintura. El dato no es menor y pone más vergüenza sobre los galos, ya que fue el sistema antropométrico de Bertillon el que había sido reemplazado por el dactiloscópico de Vucetich y precisamente, debió usar este último para determinar quienes habían estado cerca de la obra.

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¿Picasso preso?

Pero no solo ellos son personajes secundarios importantes en la obra, al poeta Guillaume Apollinaire lo metieron a la cárcel por una semana, debido a sus vínculos con Gery Piéret, culpable de haber robado anteriormente dos estatuillas del Museo del Louvre. Apollinaire además había declarado publicamente que había que incendiar los museos, para dar paso al nuevo arte, lo que lo hundía más en la sospecha. Para completar la trifecta del francés, este implicó a su amigo Pablo Picasso, pero finalmente ante la falta de evidencia, ambos fueron puestos en libertad.

A vender las copias

La primera parte del plan del estafador argentino se había cumplido, el cuadro había desaparecido y ahora las 6 copias que estaban en Estados Unidos, podían pasar por originales, ya que ninguno de sus compradores la exhibiría, solo la tendría guardada para si.

El plan de Valfierno era perfecto ya que según sus propias palabras “los coleccionistas compraban obras que nunca podrían vender ni exhibir y que deberían tener escondidas para siempre” incluso ante la aparición del original, nadie podía acudir a las autoridades, ya que no habría argumento posible que los librara de ser complicis de la desaparición del cuadro.

De esta forma, cada uno de ellos (5 americanos y un brasilero) pagó 300 mil dólares por su cuadro y aunque la intención era “enmurillar” los Estados Unidos con La Mona Lisa, el plan debió frenarse ahí porque Peruggia cortó el contacto con el resto de la banda.

Pero lo cierto es que el argentino nunca necesitó el original, de hecho lo único que precisaba era que se conociera la noticia de su desaparición y que tardaran en encontrarlo algún tiempo más que lo que el demorara en vender las copias.

Peruggia y la gloria

Para peor, dos años y ciento once días después del robo (22 de diciembre de 1913), Peruggia fue atrapado cuando intentó vender el cuadro por medio millón de liras a Alfredo Geri, dueño de una galería de arte en Florencia (Italia), que dio parte a la policía cuando este le ofreció la obra de Da Vinci.

La entrega se realizó en la vía Borgognissanti (Florencia), y mientras Giovanne Poggi, un especialista, certificaba la autenticidad del cuadro, la policía arrestaba a Peruggia.

El italiano fue juzgado en ese país y condenado a un año y quince días de prisión, pero quedó en libertad luego de siete meses, y tras volver a Italia, fue considerado casi un héroe, por tratar de recuperar el óleo.

Cuando la dama florentina fue recuperada y volvió a su lugar en la pared del museo francés, ninguno de los estafados se atrevió a reclamarle al argentino un reembolso por la transacción, y este vivió a la sombra de Peruggia, hasta que su muerte en Los Ángeles, una mañana de 1931, cumplió el requisito para que el americano pudiera publicar esa historia a la que accedió en Marruecos, allá por 1914.

Peruggia Juzgado

Recuperando el crédito

Los motivos para que la contara no están claros aún, puede haber sido el enojo por llevarse el cuadro y ponerle fin al mejor plan que haya llevado adelante o puede ser que el ego de este argentino, que vio como un carpintero italiano se llenó de gloria en su tierra natal por ‘tratar de recuperar la obra de Da Vinci’, lo llevara a realizar una confesión post mortem de su ‘obra maestra del crimen’, y así recibir el crédito que creía que su estafa merecía. Nunca se sabrá

Lo cierto, es que al día de hoy aún circula por los pasillos del museo francés la inconfirmable versión que indica que la obra allí expuesta, es en realidad una de las copias realizada por Chaudron para el estafador argento y si es así se cumpliría una de las frases que Decker atribuye a Valfierno en aquel café de Casabalnca en el que según su nota, le dijo “siempre sostendré que una copia bien ejecutada es tan valiosa como el original”.

Las dudas sobre Valfierno y el pasado de Decker

Eduardo Valfierno es, según el periodista estadounidense Karl Decker, el argentino que pergeñó el robo de arte más importante de la historia, logrando hacer que alguien bajo sus órdenes, sacara del Museo de Louvre a la Mona Lisa. Pero su historia fue totalmente desconocida hasta que Decker decidió contarla un 25 de junio de 1932 en el Saturday Evening Post, en una nota que ocupó 6 páginas de la edición semanal de esa publicación.

Hoy, una nota de tales dimensiones sería una excepción, pero en aquel momento, los lectores le dedicaban más tiempo a los escritos y por ello, la extensión sirvió para que el autor pudiera poner atención en todos los detalles que una buena historia necesita no solo para ser contada, sino para ser recordada.

¿Quién fue Karl Decker?

Decker fue un periodista famoso que trabajó a las órdenes del todopoderoso magnate del New York Journal, William Randolph Hearst a finales e inicio de los siglos XIX y XX, conocido por tomarse libertades artísticas en sus historias. Mucho tiempo antes de convertirse en el autor de la nota que abría el telón de la vida de Valfierno, fue enviado a Cuba por instrucciones de su patrón, para la liberación de Evangelina Cosio Cisneros de 18 años, hija de un patriota cubano encarcelado en Isla de Pinos. En ese hecho, Hearst había visto una historia que le otorgaría la oportunidad de desplazar en su competencia del sensacionalismo a Pulitzer (si Pulitzer no era por entonces sinónimo de corrección periodística, sino todo lo contrario).

En el camino a la libertad de la cubana, Decker sobornó a los funcionarios de la prisión y a los de aduana, y logró sacarla de Cuba disfrazada de hombre en un vapor norteamericano.

El hecho ocurrió en 1897, y Hearst que estaba acostumbrado a fabular y exagerar las noticias que le servían sus corresponsales, se sirvió también de esta por la importancia que tenía en el momento. La historia atrapó a los lectores del periódico durante meses y culminó con un titular a toda plana: “Evangelina rescatada por el Journal”.

La oportunidad y la verdad

Acostumbrado a las luces que le otorgaba el periodismo sensacionalista, Decker vio en el robo de La Gioconda la oportunidad de volver a tener la atención de los lectores, y decidió contar la “verdadera” historia de atraco. Pero el concepto de verdad, en el pupilo de Hearst, era algo demasiado frágil y sobre todo, muy variable.

Como todo buen escritor, Decker invierte líneas poniendo clima, describiendo los personajes, y creando una relación con el protagonista, que no justifica una confesión de tal magnitud, como la que indica le hizo Valfierno en un pequeño café de Casablanca.

El americano describe físicamente al estafador argentino y le otorga cualidades que sin dudas lo ponen por encima del promedio. Por ejemplo, a la hora de referirse a su apellido real, indicó que “tenía un apellido que, en las repúblicas al sur del Trópico de Cáncer, es a la vez tan raro y tan respetado entre los patronímicos españoles que con sólo identificarse así le habría significado oportunidades ilimitadas, pero nunca lo usó y ninguno de sus compañeros de menor rango lo conoció”. De esta forma, le otorga a su personaje una característica que solamente conoce él y que le niega a su lector, poniendo un halo de misterio sobre la persona que protagoniza la historia.

Habiendo salvado el detalle de no otorgarle un rasgo característico por donde se lo pudiera rastrear, hizo crecer la incógnita de su falta de relación parental con alguien en su tierra remarcando “Había usado una docena de los apellidos españoles de clase baja, pero un alias que se le quedó adosado había sido el pensamiento brillante de un amigo humorista. Para quienes se entrenaron con él siempre fue el Marqués de Valfierno, es decir, el Marqués del Valle del Infierno. Marqués parecía, el resto no”.

Ya con nombre, o mejor dicho con un alias firme, se dedicó a describir el aspecto de su protagonista diciendo que “su fachada valía un millón de dólares. Un bigote blanco e imperial y una leonina masa de cabello blanco y ondulado le daban a Eduardo una distinción que lo habría llevado a atravesar el portón de cualquier palacio real de Europa sin la problemática necesidad de dar su nombre”.

Sin un nombre real, ni una foto y con un aspecto descripto con el detalle que consideró necesario para que quienes accedieran a su nota pudieran hacerse una imagen de quien se estaba hablando, Decker puso en el imaginario de sus lectores datos suficientes para que hoy pensáramos que Valfierno podría encarnarse en la actualidad en Carlos López Puccio, un integrante de Les Luthiers, que tiene en su persona todas las características del simpático estafador “argento”.

Pero volvamos al relato, durante su transcurrir el autor le siguió adosando características que mostraban al genio tras el robo como alguien con aires de superioridad, que además tenía cierto rencor hacia quien había decidido cortarse solo y escapar con la pintura.

"Lo contó con gusto e infinito detalle y con el orgullo que el artista tiene por su obra”, indica el periodista durante su narración de los hechos mostrando la pedantería que tenía Valfierno por el resto de los mortales. Y cuando en la conversación creyó que el periodista hablaba de Peruggia, se refirió a él como “aquel simplón que nos ayudó a hacernos de la Mona Lisa”.

Con Peruggia, Decker comete uno de los dos errores más graves que hacen tambalear la veracidad de su relato, porque indica que el italiano pasó 3 años en prisión algo que no fue así, ya que fue condenado a un año y 15 días de prisión, de los que apenas cumplió 7 meses. Claro está que este detalle hoy es de fácil comprobación por el avance de las redes sociales y el acceso a la información, pero en aquel entonces no lo era y por ello, pasó inadvertido para la mayoría.

Otro detalle respecto del italiano o mejor dicho de su accionar en el robo, esta relacionado con la posibilidad de sacar en solitario a la obra.

Según indicó Decker, Valfierno habría contratado a dos ayudantes para que Peruggia pudiera salir del museo con el cuadro, ya que el peso de la obra, junto al marco y la protección vidriada rondaba los 100 kilogramos, cuando en realidad pesa mucho menos que eso.

Durante su alocución frente al cronista americano, Valfierno limita el papel de Chaudrón a un mero copista para este trabajo, aunque describe una fructífera relación con el francés en su trayecto hacia Francia, en lugares donde convenientemente hubo encuentros entre el relator y quien escuchó la historia que luego contaría al mundo entero.

Otros pormenores dados a conocer en la nota y que la mayoría de quienes analizan el hecho deciden obviar tiene que ver con los socios de Valfierno. El marqués cuenta que tenía tres socios tan hábiles como él para detectar posibles compradores y que en junio de 1910, vendieron una copia de La Mona Lisa, pero que su movida fue puesta en jaque por las propias autoridades del museo, que por entonces hicieron verificar la autenticidad del cuadro que descansaba en el Salón Carré.

Tras sobornar a algunos periodistas que ridiculizaron públicamente a los autenticadores, el negocio quedó a salvo, pero la metodología debía cambiar y por ello, decidieron venderla nuevamente, pero esta vez por sextuplicado.

“Nunca alcanzamos la cima en nuestro vuelo, sin embargo, hasta que vendimos La Joconde por primera vez. Eso requirió una enorme cantidad de negociación, pero para entonces ya estábamos perfectamente listos; y cuando el multimillonario que habíamos elegido estaba adecuadamente incriminado para el asesinato, nos dimos cuenta de que nunca habíamos acometido nada tan fácil”, cuenta Valfierno entre sorbo y sorbo.

Sobre la predisposición del comprador de aquella primera Gioconda, aseguró que “Yo les había vendido el Murillo de los mexicanos a hombres de manos fáciles y billeteras abultadas que no tenían ningún conocimiento del arte o la cultura, y me resultaron mucho más difíciles de preparar mentalmente que los coleccionistas realmente notables que me encontré en París”.

“El coleccionista sabe mucho más de arte y mucho menos de los hombres, lo que me era útil. En lugar de palidecer ante la sugerencia de que robáramos la verdadera Mona Lisa y se la vendiéramos, nuestra primera víctima dijo con frescura: ¿Por qué no? Nunca se ha hecho, pero eso no es razón para pensar que no puede hacerse, y conociendo París como ustedes, deberían poder arreglarse”.

“Después de eso, era meramente una cuestión de cuánto y cuándo. Esto era en mayo de 1910. Obtuvo la pintura en junio, sólo un mes más tarde” sentenció.

Tras el fiasco de la primera venta, que obligó a la banda a recalcular las acciones, ahora sabían que podían vender La Gioconda, por lo que para la próxima movida no debería haber ninguna oportunidad para recriminaciones, iban a robar la Mona Lisa del Louvre y asegurarle al comprador, más allá de cualquier posibilidad de malentendidos, que el cuadro que le entregarían era el verdadero, auténtico, original.

Un valor "incalculable"

Decker no escatima letras a la hora de poner datos que le otorgen espectacularidad a la historia. Uno de ellos es el valor de la obra, que según indica el relato era por 1911 de unos 5 millones de dólares, que para el momento era una suma ofensiva. Pero ¿cuanto vale hoy la Mona Lisa? Dado que nunca estuvo en venta, es difícil ponerle un valor a la obra de Leonardo, pero en mayo de 2020 Stéphane Distinguin, CEO de la tecnológica Fabernovel, propuso vender la obra para paliar en Francia las consecuencias del coronavirus.

En aquel momento, el empresario calculó el valor en 50 mil millones de euros, cifra imposible de dimensionar para el argentino promedio, pero que es comparable al préstamo que el FMI le otorgó al gobierno de Argentina cuando quien dirigía los destinos de nuestro país era Mauricio Macri.

Si aún así es difícil, basta pensar que por estos días el delantero argentino Mauro Icardi, adquirió un Rolls Royce Boat Tail, conocido como el vehículo de producción en serie más caro del mundo. Ese derroche de lujo inglés, tiene un costo de 20 millones de dólares, por lo que harían falta 2650 de ellos para igualar en valor al retrato de Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo. Puestos en fila uno detrás del otro, ocuparían más de 15 kilómetros, la distancia que separa la Plaza Moreno de Villa Elisa.

Eduardo Valfierno ¿persona o personaje?

Volviendo a Decker y a su relato en boca de Valfierno, es justo cuestionar si el “Marques del Valle del Infierno” realmente existió y cabe, también en esta ocasión, responder con una pregunta "¿Interesa si su vida es cierta o producto de la imaginación del periodista?”.

Para contestar, volvemos a la frase que abrió la nota “Nunca dejes que la verdad se interponga en el camino de una buena historia”. Y este es el caso…

La historia de Decker le dio romanticismo a un robo cuyo autor material puso en ridículo durante mas de dos años a los representantes de la Sureté, que fueron los primeros en tomar como cierta la versión que ofrecía el cronista norteamericano. Era mucho más conveniente justificar su inoperancia para encontrar el cuadro, otorgando cualidades cinematográficas al cerebro del robo, que pensar que quien lo llevó a cabo no tenía mas habilidad que justificar su acción en un falso patriotismo en caso de ser aprehendido.

Como sea, hoy el olímpo de los ladrones y los falsificadores está comandado por Eduardo Valfierno e Yves Chaudron, personajes cuya existencia es de difícil o nula comprobación. Pero, no sería justo pensar que así sería si ellos fueran los genios criminales que Decker plantea en su nota. Elegir creer o no y decidir si el estafador es el argentino o el estadounidense, es la decisión que debe tomar cada uno con el punto final de esta nota.

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