La Ciencia Forense nació en La Plata, no en los Estados Unidos
Un filicidio en Necochea creó la oportunidad para que en La Plata la pericia de Juan Vucetich viera la luz, y Francisca Rojas fuera condenada por su huella
5 de abril de 2026 - 12:00
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Juan Vucetich, el padre de la dactiloscopía que desde La Plata permitió condenar a Francisca Rojas (Foto Wikipedia)
Con tantas series policiales en donde la huella de un automóvil lleva a los investigadores a la detención del culpable, no sería una locura pensar que la Ciencia Forense tuvo su nacimiento en los Estados Unidos, pero fue mucho más cerca, precisamente en La Plata.
Con un comienzo mucho más modesto, en el que los intrincados métodos de interrogación de hoy en día, las pruebas de balística, los análisis de ADN o los perfiles psicológicos, eran cosas inimaginables para el momento, la ciencia forense como tal, tuvo su nacimiento a finales del siglo XIX en la ciudad de La Plata, cuando el antropólogo croata nacionalizado argentino Juan Vucetich, perfeccionó y simplificó el sistema dactiloscópico, lo que otorgó una característica única e irrepetible a cada ser sobre el planeta.
Juan Vucetich no es como se cree, quien descubrió las huellas digitales. Ese mérito pertenece al antropólogo inglés Francis Galton, quien propuso su utilización para la identificación personal en reemplazo del inexacto sistema Bertillon. Para ello, el anglosajón determinó 40 rasgos para la clasificación de las impresiones digitales, aunque no profundizó en su estudio, ya que no lo ayudaba a determinar las características raciales hereditarias de las personas.
En base al trabajo de Galton y por pedido del Jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires Guillermo Núñez, Juan Vucetich profundizó ese estudio para sentar las bases de una identificación personal fiable y a,plió los 40 rasgos iniciales, hasta ser 101, que luego logró simplificar agrupando las huellas según 4 características principales.
A partir de estos métodos, la policía bonaerense inició en 1891 lo que por primera vez en el mundo se conoció como registro dactiloscópico de las personas que hoy, todavía se basa en los 4 rasgos elegidos por Vucetich: arcos, presillas internas, presillas externas y verticilos.
El 1 de septiembre de 1891, Juan Vucetich hizo las primeras fichas dactilares del mundo con las huellas de 23 procesados, y se estableció como Día Mundial de la Criminalística.
Pero el sistema perfeccionado por Juan Vucetich sufrió golpes y reveses, debido a que fue desestimado no solo en nuestro país, sino también puesto en duda por Alphonse Bertillon, quien jamás le perdonó a Vucetich que desnudara sus fallas.
La huella de Rojas
Este sistema fue el que finalmente sirvió para sentenciar a Francisca Rojas, quien en la historia criminal puede ser considerada como la primera persona en el mundo que fue condenada a partir de la evidencia otorgada por sus propias huellas digitales, hecho que le permitió a Juan Vucetich obtener el reconocimiento necesario que su trabajo hasta ese momento no había tenido y marcar el nacimiento de lo que años más tarde se conocería como ciencia forense.
A las 14 horas del 29 de junio de 1892, el horror se apoderó de la pequeña localidad de Quequén, en el municipio de Necochea, cuando un padre junto a su amigo, derribaron la puerta de la pieza matrimonial y encontraron allí una escena dantesca.
Huella-Pulgar-Francisca-Rojas
El padre en cuestión era Ponciano Carballo, su amigo y compadre, era Ramón Velázquez, y la escena tenía a sus dos hijos, Ponciano de 6 años y Felisa de 4, degollados en la cama matrimonial junto a su madre, que tenía un corte en el cuello.
La sangre había invadido la habitación y Francisca aún se encontraba desvanecida pero sin peligro para su vida. Una vez que pudo ser consultada por el inspector Eduardo Álvarez, la mujer apuntó con sus dichos contra Velázquez, y lo acusó de presentarse enviado por su marido para llevarse los niños y ante la negativa de entregarlos, aseguró que éste decidió darles muerte. También indicó que la había atacado con la pala, con la que luego se había trabado la puerta del dormitorio, antes de propinarle un corte en el cuello.
Cuando la policía apresó a Velázquez, este negó con vehemencia haber cometido los crímenes, por lo que la línea de investigación cambió en busca de pruebas incriminantes o fehacientes.
El comisario Álvarez explicó que “Aún cuando aquél (refiriéndose a Velázquez) negara desde un principio otro conocimiento de lo ocurrido (…) fue tenido como único autor y sometido a diversos interrogatorios, manteniéndose siempre en la misma negativa”. Lo que el policía no contó fue que la “diversidad de los interrogatorios” incluyó que fuera golpeado y torturado de maneras muy poco ortodoxas que incluyeron a un policía disfrazado de fantasma con una sábana para asustarlo por la noche, mientras se encontraba encerrado en su celda, o que lo interrogaran en la capilla ardiente, frente a los cadáveres de los pequeños asesinados.
La sombra de la duda
Ante la férrea negativa a confesar del detenido, las dudas invadieron a los responsables de la investigación, que empezaron a notar los cabos sueltos. Las declaraciones de Francisca Rojas que hasta ese momento era considerada una de las víctimas del crimen, eran por lo menos contradictorias y además Ramón Velázquez no tenía motivo alguno para el crimen, ya que lo unía un lazo de amistad con el padre de los chicos.
Pero lo que terminó por volcar la suerte a favor del acusado fue un conjunto de detalles que se hallaban en el lugar del crimen y que en un principio no fueron considerados por los efectivos del orden.
Para empezar, la mujer dijo que el asesino la había desmayado a golpes con una pala, pero esa herramienta apareció doblada, lo que hizo sospechar que ese castigo era imposible ya que “cualquier golpe que la torciera, no digo así sino mucho menos, sería más que suficiente para producir una muerte instantánea” indicó el inspector. Otro detalle fue que Rojas aseguró que Velázquez había matado a los chicos y la había herido con un cuchillo suyo, que sacó de la cocina y terminó escondiendo entre las pajas del techo, algo poco probable porque por aquellos tiempos cada paisano cargaba con su propio facón. Pero la evidencia que terminó condenando a la madre fueron sus propios dichos, ya que la puerta estaba atrancada y el criminal salió por la ventana, dejando huellas ensangrentadas. La del marco de la ventana era muy clara y se notaba que la mano que las había dejado era demasiado pequeña para pertenecer al acusado.
No siendo de Velázquez, se tomó la decisión de desarmar el marco de la ventana y la puerta, y tras tomar las impresiones digitales de Francisca y de Ramón, enviaron todo el material a La Plata, para que lo revisara Juan Vucetich con su novísimo dactiloscópico.
La madre negó en varias ocasiones haber tocado los cadáveres de los dos niños (lo que implicaría que se hubiese manchado con su sangre), y con esa información, sólo se podía inferir que la huella en cuestión perteneciera al propio homicida. Pero este es el momento en que Vucetich brilla, porque con su ayuda se determinó que las impresiones digitales no pertenecían a Pedro, sino a la propia Francisca, que una vez confrontada con la prueba, confesó haber asesinado a sus hijos, convirtiéndose en la primera persona a nivel mundial, en ser condenada en base a la prueba o evidencia criminalística, otorgada por sus propias huellas digitales.
Al día de hoy, y con más de un siglo de avance en las ciencias forenses, la dactiloscopía es el método más certero y confiable para determinar la responsabilidad de una persona en algún hecho, ya que ni siquiera el ADN otorga una característica única e irrepetible a cada individuo y por ese descubrimiento, se le debe otorgar a Juan Vucetich el mérito que le corresponde.