Factura. Paga. Espera. Cobra. Vuelve a empezar. La rutina del monotributista se escribe en una planilla de Excel y en la aplicación de ARCA. Su historia laboral cabe en un QR. Su futuro, en una nube. Una en la que no llueve, una que no lo moja, pero que sí lo sigue. Con una prolijidad quirúrgica, este estadio avanzado del capitalismo ha logrado lo que parecía imposible: que millones de personas trabajen sin que nadie sea responsable por ellas. Ha disuelto el vínculo directo entre la venta de la fuerza del trabajo y la entidad que se apropia de esos frutos.
Esta figura —síntesis de precariedad e ilusión de autonomía— no es un accidente. Es su criatura sofisticada. Es el triunfo de una pedagogía social que convenció al trabajador de que no lo era, de que la culpa por no llegar a fin de mes era suya, de que debía agradecer que lo dejaran facturar. La idea ilusoria y meritocrática que pone el énfasis en que cada quien tiene aquello que se merece. Asistimos a la emergencia de un nuevo sujeto histórico. El precariado. Personas sobreendeudadas, autoexplotadas, solitarias.
El cuerpo puesto a producir: entre Uber y el Excel
El hombre-mujer-fábrica es una figura que produce todo el tiempo. Produce mientras se maquilla, mientras descansa, mientras se enferma. Se organiza como una máquina, se mide como una empresa, se vende como un producto. Es trabajador y mercancía. Vendedor y objeto.
A ello se añaden las exigencias sobrehumanas: estar bien, saludable, con alegría, sin consumos problemáticos (desde dopamina, tabaco, alcohol u otras sustancias), criar y cuidar con estándares inalcanzables, ser un animal de trabajo, tener amigos, viajar, consumir los objetos que te colocan o quitan en el pedestal de la pertenencia social. Estamos siempre en falta. Nuestro tiempo y nuestra energía, pensadas como pizza, tiene 8 porciones. Una porción más de sueño implica una menos de entrenamiento o buenos padres. El equilibrio es imposible, aunque la demanda nos devuelve frustración en forma de “no te estás esforzando lo suficiente”.
Si al combo le agregamos la ausencia de negatividad, no hay jefe, patrón, no hay nadie a quien reclamar, no existe con quien pulsear por jornadas de trabajo limitadas, por vacaciones pagas o aguinaldo. El jefe es el algoritmo. Debemos ponernos en góndola y mostrar que estamos bien. Nadie contrataría a una persona agotada. Cada escalón que damos en ese sentido, nos pone frente a un umbral más alto. El reel de Instagram nos muestra que estamos bien, pero no tan bien. Podríamos hacer lo mismo, pero en una playa paradisíaca, solo si somos capaces de mejorar.
La extenuación no viene solo por la carga de trabajo, sino el miedo constante a dejar de tenerlo. No poder pagar la tarjeta explotada, el microcrédito de Mercado Pago es el nuevo cuco, ese que se esconde debajo de la almohada. Esta nueva subjetividad no se construye en los ámbitos de socialización tradicionales. Por el contrario, es moldeada por plataformas, por slogans de autoayuda, por promesas de éxito que se renuevan cada día en la palma de nuestras manos, en los celulares por los que aún debemos 6 cuotas que representan el 35% de nuestros ingresos.
Comunicación, política y el “sueño pyme” como consuelo
El relato mainstream nos interpela desde ese lugar. “Sé tu propio jefe”; “trabaja desde casa, en pijama, con ingresos por encima de la media”; “si te dedicás, 8, 10 horas por día, el Didi da, se vive bien”. No choques, no te enfermes, no tengas que cuidar a un ser querido. Un chasquido de dedos te hará volver al barro del que venimos. ¿Cómo? ¿No generaste renta pasiva? ¡Bueno, claro, también dependía de nosotros!
La política tampoco logra interpretar este fenómeno. Por derecha y por izquierda. La primera acelera. Si sos eficiente y bueno vas a llegar. Es la tuya. No importa el medio ni las oportunidades. Sos vos. Por izquierda, seguimos replicando la pieza de museo fordista. El trabajador de 8 x 5, con salario ajustado, vacaciones pagas, aguinaldo, licencias y una jubilación que aguarda al final del arcoíris.
En el medio, un mundo. En esa grieta la inexistencia de debates serios. Sobre la premisa de la desigualdad lacerante (la pandemia global invisible), el debate por el trabajo, la renta y la productividad es un problema redistributivo (siempre lo fue). El punto es que debemos propender a un nuevo esquema de redistribución. ¿Cómo garantizamos un piso mínimo de dignidad y de seguridad social? La seguridad social es la propiedad colectiva, comunitaria. Si te enfermás, tendrás salud. Hay un derecho a envejecer con dignidad. Un mundo más justo, partiendo de la asunción de un nuevo contexto.
La política dejó de hablar de clases para hablar de clústeres. En vez de organizar, segmenta. En vez de representar, le habla a cada uno según su algoritmo. ¿Qué ocurre cuando el emergente del precariado empieza a creer que sus problemas son personales y no estructurales? O peor. Cuando consideran que son culpa de los que tienen un derecho más que él.
Lo que le hicieron con nosotros
El precariado, la Patria Monotributista es mucho más que una categoría fiscal. Es un modo de estar en el mundo. Es el resultado de décadas de demolición del lazo social. Es la representación más acabada del sujeto neoliberal: competitivo, ansioso, atomizado. Cree que todo depende de su esfuerzo. Sabe que no alcanza. No sabe a quién reclamarle. El resultado: que explote todo. Nadie tiene respuesta, son todos iguales o unos chantas…
Este sujeto está siempre conectado, siempre disponible, con la culpa a flor de piel. La explotación se convirtió en una forma de autoafirmación. La política, en un ruido lejano.
De la soledad al nosotros: el desafío político
Lo más saliente del precariado no es la dimensión económica. Es la soledad política. No tiene gremio, no hace paro, no ocupa las calles. No tiene con quién llorar, a quién culpar ni cómo organizarse. Cuando el dolor se vive en privado, no se convierte en demanda colectiva.
La pregunta que debe hacerse toda fuerza política es cómo volver a armar comunidad con este sujeto. Cómo reconstituir un nosotros donde ahora hay sólo fragmentos. Cómo convocarlo desde la dignidad, y no desde el marketing.
No alcanza con decir que lo entendemos. Hay que ofrecerle algo más que una baja de categoría o una moratoria. Hay que devolver el derecho a un futuro que no se pague en cuotas. Hay que nombrarlo, sí. Pero, sobre todo, hay que hacerlo.
En este presente de hiperconexión e hiper vulnerabilidad, la tarea política es construir tejido. Y en ese tejido, el monotributista no debe ser solo una víctima: debe ser protagonista. Porque de esa figura solitaria puede nacer, también, una potencia colectiva.
Por Jerónimo Guerrero Iraola | Abogado