Por iniciativa del abogado Javier Miglino, fundador de la ONG Bullying sin fronteras, en el año 2013 la UNESCO declaró el 2 de mayo como Día Mundial contra el acoso escolar. Se trata de una jornada de visibilización sobre un problema que afecta a uno de cada tres estudiantes en Argentina.
La efeméride surgió como una herramienta para instalar en agenda una problemática que, según advierte UNICEF Argentina, más de un tercio de los adolescentes entre 13 y 15 años reconoce haber sufrido algún tipo de acoso escolar en el último mes; mientras que cerca de la mitad afirma haber presenciado situaciones de este tipo dentro de la escuela.. En ese universo, las formas más frecuentes combinan agresiones verbales, exclusión social y, cada vez con más peso, episodios de hostigamiento digital.
Este crecimiento del ciberbullying facilita la expansión del problema y lo saca de la escuela para convertirlo en un fenómeno que no reconoce límites temporales ni espaciales: a toda hora y en todo lugar, puede haber un episodio de hostigamiento. La exposición permanente, la posibilidad de anonimato y la viralización de contenidos potencian el daño y dificultan su control, en un contexto donde la violencia entre pares se entrelaza con consumos digitales cada vez más intensos en edades tempranas.
El Bullying, "la epidemia del Siglo XXI"
En un discurso en el Foro Mundial de Derechos Humanos, el Dr. Miglino, considerado el mayor experto del planeta en materia de Bullying, afirmó que se trata de "la epidemia del Siglo XXI. Como si de una tortura cotidiana se tratase, los niños y niñas y adolescentes del mundo entero, concurren a la escuela o instituto con temor. El temor de ser golpeados, atacados, vituperados, robados o simplemente aislados del resto del grupo..", expresó.
Según organismos internacionales, el bullying y el ciberbullying son causantes directos de más de 200.000 muertes, ya sea por homicidio o por inducción al suicidio cada año. Es decir se lleva la vida de niños y jóvenes en todas partes del mundo.
Morir en la escuela
El tiroteo ocurrido a fines de marzo en la localidad santafesina de San Cristóbal, donde un adolescente abrió fuego dentro de una institución educativa, marcó un punto de inflexión por su gravedad y por su impacto en la agenda nacional. En las primeras horas, el caso fue leído bajo la hipótesis de un posible trasfondo de acoso escolar, una explicación que rápidamente ganó terreno en el debate público.
Con el correr de los días, esa interpretación inicial empezó a perder centralidad frente a otros elementos que surgieron en la investigación. Entre ellos, la participación del agresor en comunidades digitales que promueven y consumen contenidos vinculados a episodios de violencia extrema, un dato que desplazó el foco hacia fenómenos más amplios que exceden la dinámica tradicional del bullying.
Bullying y el efecto contagio
El episodio funcionó, además, como disparador de una serie de amenazas de tiroteos en escuelas de distintos puntos del país. Mensajes replicados en redes sociales, pintadas en baños y advertencias anónimas comenzaron a multiplicarse en cuestión de días, obligando a suspender clases y activar protocolos de seguridad en múltiples distritos.
En la provincia de Buenos Aires, se registraron 1.151 casos entre el 14 de abril (día del comienzo de la ola), hasta el 24 del mismo mes, cuando el fenómeno comenzó a dar muestras de franco descenso. Desde la Dirección General de Cultura y Educación tomaron nota de un informe del Ministerio de Seguridad sobre el True Crime Community -que Vanesa Ábalos describió en esta nota-, y envió un comunicado a todas las escuelas haciendo distinción de los hechos, recordó herramientas con las que cuenta el sistema educativo y lo importante de no viralizar los mensajes", contó en su momento Flavia Terigi.
Con todo, la violencia en las aulas -y ahora también fuera de ellas- en cualquiera de sus formas, es un fenómeno que se intensificó en los últimos tiempos por una multiplicidad de factores. Las herramientas con las que cuenta el sistema educativo muchas veces no son eficientes, o llegan tarde. Mientras tanto, una sociedad híper fragmentada se inclina hacia políticas de desfinanciamiento en el sector y avala discursos que promueven o alientan conductas violentas. La salida del laberinto debería ser un desafío que interpele a todos los actores de la sociedad.